lunes, 7 de octubre de 2013

¿Quién es mi prójimo?


«Maestro, ¿qué tengo que hacer para heredar la vida eterna?» sin entrar en detalles por la intensión del personaje del momento, más bien pongamos esta pregunta en nuestros labios, para escuchar del Señor lo que debemos hace para alcanzar la vida. Ejercemos diversidad de profesiones, pero si este trabajo es realizado en la presencia de Dios, vamos a hacerlo de la mejor manera. Pero el cuento de la vida eterna pareciera no preocupar, este pensamiento no está puesto en Dios permanentemente porque las cosas del mundo nos absorben. Lo que traduce en poca relación con Dios.

El Señor quiere remitirnos hoy en primer lugar al camino de la vida: «Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, (…) y a tu prójimo como a ti mismo» (cf.Lc 10,27). Y en segundo lugar al sevicio: (cf. Mt. 5 y Mt. 25) la bienaventuranzas y las parábolas de las 10 jóvenes – los talentos y el juicio. Porque el Señor quiere que el Reino lo construyamos desde acá como militantes de la iglesia peregrina, esa educación la debemos recibir en esta vida. Tienen cabida en las estancias preparadas por nuestro Señor Jesucristo, aquellos que se dejaron enseñar que recibieron y lo pusieron por obra el servicio esencial para la vida, como examen para el final. Dios nos prueba en el amor, en la fe y en la obediencia. (cf.1 Corintios 13: 1-13. Dt.13, 4. Gn.22, 12. Det.30, 15-16) Si hemos permitido que sea el Espíritu Santo quien obre en nuestra alma, podremos superar las pruebas, nos lo dijo el Señor con otras palabras “por sus frutos los conoceréis”

“Queriendo justificarse, preguntó a Jesús: « ¿Y quién es mi prójimo?». El hombre por naturaleza es un ser sociable, quiere permanecer al lado de otros. De manera que somos próximos a otros; dicho de otra menera, Dios quiso que siempre tengamos a alguien cercano para que pasemos la prueba para la vida. Dios espera que nos portemos con los demás como sus servidores. Pero fijémonos que esto muy poco se cumple, más bien queremos sacar provecho de los demás, queremos someterlos, queremos imponernos. Y si alguien cercano trata de hacer lo que Dios manda, esto no concuerda con nuestros principios y tememos que éste sea mejor vista que yo. Aflora en nosotros la soberbia, que de paso es la más difícil de erradicar y que no la reconocemos como pecado. Nuestro Señor Jesucristo sueña con una sociedad donde se acepte la proximidad del prójimo en sus diferentes manifestaciones y se le ame como así mismo.


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